Licenciado en Arte Dramático, por la Academia Superior de Artes de Bogotá. TALLERES:
Soy hijo de una mujer, de las llamadas amas de casa, que se casó con un contable. Tuvieron dos varones, y esperaban que yo fuese la niña. No tuvieron suerte. Crecimos en Bogotá, antes de que se llamara Santafé. Y aún podíamos jugar hasta bien tarde en el campo de fútbol.La primera vez que vi a Colombia desde la distancia, fue porque a mi padre le ofrecieron un trabajo en Panamá. Pero no ví nada. Al cabo de un año volvimos y nos aislamos en un pueblo perdido de la sabana. Me eduqué en la escuelita del pueblo y por las mañanas limpiaba los establos.No hubo grandes sobresaltos durante mi época estudiantil. Al salir del colegio, vino el ejército y me raptó para hacerme cumplir con mi deber. Y entonces conocí el miedo. El tiempo se tomó su tiempo, y al cabo de un año me devolvió a la sociedad lleno de una paranoia diferente. Desubicado y atontado fuí tentado por la primera academia de carácter profesional que ofrecía la enseñanza de arte dramático de Santafé de Bogotá. Un proyecto sacado adelante por el empeño de un graduado del Institut del Teatre, y el rigor del programa de escuela Rusa.El edificio centenario que se ofrecía como aulas estaba incrustado en el centro mismo de una de las ciudades más violentas del mundo. Pero no pude resistir el llamado. Después de participar como pioneros y a veces como conejillos de indias durante el proceso, desarrollé mis inquietudes. Y sobreviví a la ciudad. Entonces vino el amor, y me exilió. Ahora veo nuevamente mi país desde la distancia, y no tengo doce años. desde hace cuatro años que soy parte de esta sociedad a la que a veces llamamos madre patria. Si mi suegra no viviera en Zimbabwe en una pequeña aldea de montaña, mi hijo nunca hubiera nacido allí, y yo me hubiese perdido de escuchar las risas de las hienas. Catalunya ha abierto sus entrañas para que yo me enraize al lado de sus retoños, y me ha brindado la calma para que pueda desde la distancia contemplar e intentar entender el proceso de mi patria, que se desangra lentamente sin que un torniquete definitivo pueda detener el baño de sangre en que nadamos. Juan Pablo Vallejo
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