![]() CANAS DE PLATA por Pere Bagur* Menorca es tierra de luz que alumbra la vida. Aunque no sea fácil sobrevivir aquí. Menorca es un regalo de los dioses. Un regalo con trampa, de esos que te ponen cara de tonto cuando lo abres. Envoltorio perfecto, con su lacito y todo. Y en su interior, una enorme espiral de dificultades que se te puede enroscar en la nariz como te descuides. Menorca no es lo que parece a simple vista. Su belleza esconde un corazón duro, inhóspito, que requiere atención permanente de quien se atreve a amarla. Antes, cuando este país echaba a su gente al mundo, los menorquines se llevaban un pedacito de ese corazón pegado al suyo en sus viajes sin retorno a Cuba o Argentina. Y todos los días lloraban la distancia que en su caso no fue nunca el olvido. Dicen que la necesidad aguza el ingenio y los menorquines espabilaron. Aprovecharon los planes de desarrollo del franquismo y se dedicaron a la industria. Después llegaría el turismo. Y con todo, el dinero que, sin embargo, no pudo eliminar esa sensibilidad especial que el menorquín demuestra por la cultura. Más bien al contrario. En los años sesenta, por fin, la sociedad isleña disponía de recursos suficientes para cultivar su amor por la música, por la pintura y también por el teatro y la literatura. Festivales de música clásica, semanas de ópera, conciertos y recitales poéticos, temporadas de teatro... una enorme oferta que los poco más de sesenta mil habitantes de la isla comenzaron a consumir con fruición. Era un momento perfecto para que alguien tuviera la ocurrencia de crear premios que fomentaran la creatividad local, que no es poca, por cierto. En ese clima nació el modesto Premio Born de Teatro una noche de noviembre de 1.970. ¿ Que cómo creció y ha sobrevivido hasta hoy? Por lo que sé, gracias a una fórmula que no suele fallar: constancia, espíritu de sacrificio, sensibilidad institucional, colaboración exterior y algo de suerte. Ingredientes todos ellos que los menorquines aprendieron a combinar, hace ya muchos siglos, para luchar contra las piedras que impedían cultivar la tierra, contra el viento que quemaba las cosechas, contra el muro de mar que les ocultaba el mundo. Para que una planta luzca lozana y hermosa debe crecer en tierra fértil y cuidada. La semilla del Premio Born tuvo la suerte de germinar en lugar propicio: El Cercle Artístic de Ciutadella, una sociedad dinámica que, a pesar de las enormes dificultades con que se topó a lo largo de su centenaria historia (siempre los elementos), ha sido capaz de convertirse en motor de la cultura de la isla. Hombres y mujeres jóvenes, preparados, herederos de ese espíritu menorquín emprendedor y sacrificado, han hecho posible el reto que en 1.987 se propusiera la junta directiva de la entidad, presidida por Jeroni Marqués (a quien algún día se le deberán reconocer sus méritos), de convertir un moribundo Premio Born de Teatro en uno de los más importantes de España. Canas de plata bordean el rostro aún joven del Premio Born. Canas que le confieren cierto aire de madurez, de estabilidad. Canas prematuras de 25 años, reflejos argentados de sinsabores superados. Pero no conviene relajarse. Aquí sabemos que la felicidad, por madura que ésta sea, no es para siempre. Hay que trabajarla todos los días, como la tierra. Y compartirla. Cuantos más amigos consiga el Premio Born de Teatro más felices seremos quienes tenemos algo que ver con él. Cuanto más crezca el certamen mayor será la contribución del Cercle Artístic de Ciutadella de Menorca a la cultura en general y al teatro en particular. Que al fin ese debe ser nuestro principal objectivo. * Pere Bagur.- Periodista. Vocal de la Junta Directiva del Cercle Artístic de Ciutadella desde 1.987. (Texto incluido en el número 284 III/2000 de la revista PRIMER ACTO, con motivo de la publicación de El Aniversario, de Lluïsa Cunillé, Premi Born 1.999) |